quemando los charcos. Despacio
vacío mis bolsos al aire
y me hincho por dentro. El ruido intranquilo
del tiempo clavado en el techo
va poco a poco excavando
la vía que forma tu espalda
marcada de acero. A todas las horas que quedan
les llega de pronto el momento
de hacer la maleta -algunos frascos
con aire encerrado; flores secas atrapadas
en un lienzo; algo de ropa, dices,
para pasar el invierno. Cristales. Acero.
Campanas. Viajeros pintados tras las ventanillas
que tratan de vernos. Y un viejo sonido en el aire
que huele a madera y a hierro.
Pupilas. Cemento. Agujas
marcando el intante preciso. Y adentro,
adentro los golpes. Marcharse, creer y volar. Viajar.
Soñar.

